
Dos semanas más tarde Cleo voló desde el aeropuerto de Spokane hacia Bahania. Era un viaje muy distinto al que había emprendido seis meses atrás con Zara. Entonces ella y su hermana adoptiva habían ido a comprobar la remotísima posibilidad de que Zara fuera hija ilegítima del rey Hassan. Cleo la había animado a averiguar la verdad, pero nunca pensó que su hermana fuera una princesa de verdad.
Habían tenido que pasar varios días en Palacio, donde la gente se dirigía a ella como «Princesa Zara» para que Cleo asimilara que la niña con la que había compartido el baño era ahora miembro de la familia real de Bahania.
Habían emprendido aquel viaje llenas de esperanza, ilusión y con asientos económicos en clase turista. Ahora Cleo volaba en un jet privado. Y no se trataba de cualquier jet privado. No era un avión para ejecutivos con ocho asientos. No. Tenía todo un Boeing 737 sólo para ella. En lugar de viajar con otros doscientos pasajeros iban ella, dos auxiliares de vuelo, el comandante, el segundo piloto y suficiente comida como para alimentar a todo Rhode Island.
Además de aquellas provisiones, dignas de satisfacer las peticiones culinarias de cualquier gourmet, el avión tenía dos dormitorios, un salón, un comedor, un despacho y tres cuartos de baño. Cleo se sentó en el salón y miró por la ventana. Más tarde, cuando su cuerpo le indicó que era hora de dormir, se metió en la cama para llegar fresca y descansada.
Diecisiete horas más tarde el avión tomó tierra en el aeropuerto de Bahania. Cleo agarró su bolsa de viaje y se dirigió a la puerta. Zara y su prometido, Rafe, estaban al final de la escalerilla.
– ¡Te he echado tanto de menos! -dijo Zara arrojándose en brazos de su hermana.
– Yo también.
– ¡Estás estupenda! -exclamó Zara cuando dejó de abrazarla y pudo mirarla a la cara.
