Así que actuaría con normalidad. Se controlaría. Con un poco de suerte las náuseas matinales empezarían a desaparecer. Y dos semanas más tarde se marcharía de Bahania. Volvería a su casa y a su rutina diaria.


El presidente de la Reserva Federal americana había subido los tipos de interés. El príncipe Sadik de Bahania sabía que eso ocurriría, pero el hecho seguía sin gustarle. Los mercados internacionales siempre se resentían de esas subidas.

Pulsó algunos botones del teclado de su ordenador para transferir mil millones de dólares de una cuenta a otra y esperó la confirmación. Aquel día no jugaría en Bolsa. Tal vez tampoco lo haría al día siguiente. Sadik sólo jugaba para ganar.

Se reclinó hacia atrás en la silla. Por mucha rabia que le diera admitirlo, no tenía la mente en el trabajo. Su cabeza estaba en una noche de pasión que debería haber olvidado después de cuatro meses. Pero por desgracia no era así.

A pesar del tiempo que había transcurrido todavía recordaba cada instante que había pasado con Cleo.

Sadik se puso en pie y se acercó al jardín que ocupaba el patio central del ala de negocios de palacio. Los rosales ingleses y los tilos estaban tan fuera de lugar en un país desértico como lo había estado Cleo. En una tierra de bellezas morenas ella había resplandecido como un oasis con su piel nívea y sus ojos azules. Era además demasiado bajita y excesivamente voluptuosa de formas para la sensibilidad del lugar. Sí, Cleo había sido un oasis: lujuriosa, tentadora e imposible de resistir.

Y ahora había regresado. No con él, sino para asistir a la boda de su hermana. Sadik se dijo que no le importaba, que volver a verla no significaba nada para él. Después de todo Cleo se había ido de su cama, lo que lo obligaba a cuestionarse su inteligencia. Él era el príncipe Sadik de Bahania y ella sólo una mujer. No debería haberlo abandonado. Ninguna mujer se atrevía a dejarlo hasta que él no le diera permiso para hacerlo. Ninguna excepto Cleo.



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