«No importa», se dijo. Su presencia en palacio era poco menos que interesante. Cuando llegara la trataría como si fuera una mosca en la pared: una pequeña molestia, nada más. Sería invisible para él. Ya no la desearía. Ya no.

Sadik regresó a la mesa y concentró toda la atención en la pantalla del ordenador. Pero en lugar de números vio el cuerpo de una mujer, y sintió cómo ardía la parte más recóndita de su ser.


Cleo entró en el vestíbulo de palacio, que tenía el tamaño de un campo de fútbol. Todo estaba tal y como lo recordaba: enorme, lujoso y lleno de gatos. La mayor parte del edificio tenía más de cien años, y aunque la mayoría de las estancias estaban reformadas Cleo tenía la sensación de estar pisando un trozo de historia. Caminaba con Zara por el pasillo que llevaba hacia el ala este de palacio. Detrás iban dos sirvientes con su equipaje. Zara seguía hablando de los preparativos de su boda.

De pronto Cleo se detuvo y se dio la vuelta. Se abrió una puerta y un hombre alto salió por ella. Caminaba con decisión, como si supiera perfectamente a dónde iba. Como si supiera que ella estaba allí.

Sadik.

Cleo se quedó sin respiración. Parecía que el corazón se le fuera a salir del pecho, sentía correr la adrenalina por las venas. Trató de mantener la calma, pero le resultaba imposible. Todos los nervios de su cuerpo estaban en estado de alerta. No podía oír ni ver a nadie que no fuera él.

Se sentía invadida por una insoportable combinación de alegría y dolor. Alegría de volver a verlo y dolor por todo lo que lo había echado de menos.

Él se acercó muy despacio, con cautela, como si ella fuera una presa que hubiera estado observando. Aquel hombre era imposible, pensó Cleo. Era imposible que fuera tan alto, tan guapo, tan experto en la cama.



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