Myron garabateó en las tarjetas y dio una a cada chica. Ellas las cogieron sin decir palabra.

– Escuchadme bien, ¿vale? Si alguna vez estáis en un apuro. Si estáis por ahí bebiendo o vuestros amigos están bebiendo o estáis borrachas o colocadas o lo que sea, prometedme que me llamaréis. Iré a buscaros estéis donde estéis. No haré preguntas. No se lo diré a vuestros padres. Eso os lo prometo. Os llevaré donde queráis ir. Por tarde que sea. No me importa lo lejos que estéis o lo colocadas que vayáis. A cualquier hora, cualquier día. Llamadme e iré a buscaros.

Las chicas no dijeron nada.

Myron se acercó un paso más. Intentó que su voz no sonara suplicante.

– Por favor…, no subáis nunca al coche con alguien que haya bebido.

Se quedaron mirándolo.

– Prometédmelo -dijo él.

Y un momento después -¿el «y si» final?- lo prometieron.

3

Dos horas después, la familia de Aimee -los Biel- fueron los primeros en marcharse.

Myron los acompañó a la puerta. Claire le habló al oído.

– He oído que las chicas estaban en tu antigua habitación.

– Sí.

Ella le sonrió con malicia.

– ¿Les has contado que…?

– Por Dios, no.

Claire meneó la cabeza.

– Eres un mojigato.

Él y Claire eran buenos amigos en el instituto. A él le encantaba su espíritu libre. Se portaba como un chico, a falta de una definición mejor. Cuando iban a una fiesta, intentaba ligar con alguien, normalmente con bastante éxito porque, vaya, era una chica atractiva. Le gustaban los musculitos. Salía con ellos una vez, tal vez dos, y cambiaba.

Ahora era abogada. Ella y Myron habían ligado una vez, en aquel mismo sótano, durante unas vacaciones escolares, en el último año. Myron había reaccionado peor que ella. Al día siguiente, Claire estaba tan tranquila. Sin escenas, ni tratamiento de silencio, ni «tal vez deberíamos hablar de esto».



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