
– Myron.
– Ya voy.
En aquella época estuvo a punto de marcharse. El siguiente gran «y si». Pero las palabras que había oído en la escalera -«Condujo Randy»- le fastidiaban. «Cerveza y chupitos». No podía olvidarlo sin más, ¿no?
– Voy a contaros una historia -empezó Myron. Y entonces se detuvo. Lo que quería contarles era un incidente de sus días de instituto. Se había celebrado una fiesta en casa de Barry Brenner. Eso era lo que quería contarles. Estaba en su último año, como ellas. Habían bebido mucho. Su equipo, los Livingston Lancers, acababa de ganar el torneo de baloncesto estatal, gracias a los cuarenta y tres puntos de la superestrella americana Myron Bolitar. Todos estaban borrachos. Recordaba a Debbie Frankel, una chica inteligente, llena de vida, un diablillo siempre animado, siempre levantando la mano para contradecir al profesor, siempre discutiendo y poniéndose en el bando contrario, y a quien querían por eso. A medianoche Debbie fue a despedirse de él. Llevaba las gafas bajas sobre la nariz. Eso era lo que recordaba mejor, que las gafas le resbalaban. Él se dio cuenta de que estaba colocada. Como las otras dos chicas que irían en ese coche.
Es fácil imaginar cómo acaba la historia. Cogieron la colina en South Orange Avenue demasiado rápido. Debbie murió en el accidente. El coche aplastado estuvo expuesto frente al instituto seis años. Myron se preguntó dónde estaría ahora, qué habrían hecho por fin con la chatarra.
– ¿Qué? -preguntó Aimee.
Pero Myron no les habló de Debbie Frankel. Sin duda Erin y Aimee habían oído otras versiones de la misma historia. No serviría de nada. De modo que intentó otra cosa.
– Necesito que me prometáis algo -dijo Myron.
Erin y Aimee le miraron.
Él sacó la cartera del bolsillo y buscó dos tarjetas suyas. Abrió el cajón de arriba y encontró un bolígrafo que funcionaba.
– Aquí están todos mis teléfonos: casa, trabajo, móvil, mi piso de Nueva York.
