Pero Myron también había hecho daño. Como en lo que les había sucedido a Duane, a Christian, a Greg, a Linda y a Jack… Pero sobre todo, él no podía dejar de pensar en Brenda. Todavía visitaba su tumba muy a menudo. Tal vez habría muerto de todos modos, no lo sabía. Tal vez no era culpa suya.

Las victorias tienen tendencia a desvanecerse. La destrucción -los muertos- se quedan a tu lado, te tocan en el hombro, aminoran tu paso, te obsesionan de noche.

De cualquier modo, Myron había enterrado su complejo de héroe. Los últimos seis años su vida había sido tranquila, normal, como todas, casi aburrida.

Fregó los platos. Vivía a medias en Livingston, Nueva Jersey, en la misma ciudad -no, en la misma casa- en la que había crecido. Sus padres, los queridos Ellen y Alan Bolitar, habían vuelto a su tierra natal (el sur de Florida) hacía cinco años. Myron había comprado la casa tanto por inversión, una buena inversión, de hecho, como por que sus padres tuvieran un lugar donde volver durante los meses cálidos. Myron pasaba una tercera parte de su tiempo en la casa de los suburbios y dos tercios con Win en el famoso edificio de apartamentos Dakota de Central Park West, en Nueva York.

Pensó en la noche siguiente y su cita con Ali. Win era idiota, eso estaba claro, pero como siempre sus preguntas habían dado en el blanco, si no en toda la diana. No era lo del físico. Eso era una estupidez. Y no tenía que ver tampoco con su complejo de héroe. No se trataba de eso. Pero algo le retenía y sí, tenía que ver con la tragedia de Ali. Por mucho que quisiera, no podía olvidarlo.

En cuanto a su papel de héroe, hacer prometer a Aimee y Erin que le llamarían, eso era diferente. Seas quien sea, la adolescencia es difícil. El instituto es zona de guerra. Myron había sido un chico popular. Era un jugador de baloncesto estadounidense de la revista Parade, uno de los diez primeros del país, y, utilizando el estereotipo de moda, un auténtico estudiante atleta. Si alguien podía tenerlo fácil en el instituto, era alguien como Myron Bolitar. Pero no fue así. Al final, nadie sale de esos años ileso.



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