
– Calor.
– Mentiroso.
– Vale, creo que ya hemos hablado bastante de esto.
– Myron…
– ¿Qué?
– ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a salvar a alguien?
Las caras de siempre cruzaron como un rayo por la cabeza de Myron. Intentó desecharlas.
– Myron…
– No empieces -dijo Myron suavemente-. He aprendido la lección.
– ¿De verdad?
Pensó en Ali, en su maravillosa sonrisa y en la franqueza de su rostro. Pensó en Aimee y Erin en su antiguo dormitorio del sótano, en la promesa que les había forzado a hacer.
– Ali no necesita que la rescaten, Myron.
– ¿Crees que se trata de eso?
– Cuando digo su nombre, ¿qué es lo primero que se te ocurre?
– Calor -repitió Myron.
Pero esta vez, incluso él supo que estaba mintiendo.
Seis años.
Hacía seis años desde la última vez que Myron había jugado al superhéroe. En seis años no había dado ni un puñetazo. No había empuñado, y mucho menos disparado, una pistola. No había amenazado ni le habían amenazado. No había chuleado con las glándulas pituitarias rebosando esteroides. No había llamado a Win, el hombre más aterrador que conocía, a que le echara una mano o lo sacara de un lío. En los últimos seis años, ninguno de sus clientes había sido asesinado, algo muy positivo en su ramo. Ninguno había sido herido o arrestado; bien, excepto la queja por prostitución en Las Vegas, pero Myron seguía sosteniendo que había sido una trampa. Ninguno de sus clientes, amigos o seres queridos había desaparecido.
Había aprendido la lección.
No metas la nariz en los asuntos de los demás. No eres Batman, y Win no es una versión psicótica de Robin. Sí, Myron había salvado a algunos inocentes durante sus días de casiheroicidad, incluida la vida de su hijo, Jeremy, que tenía diecinueve años -casi no podía creerlo- y cumplía el servicio militar en algún lugar desconocido de Oriente Medio.
