
– ¿Lo ha planeado ella?
– Sí.
– ¿Y todavía no…? -Con Héctor todavía mamando, Esperanza hizo un gesto muy clarificador.
– No.
– Tío.
– Estoy esperando una señal.
– ¿Cómo qué? ¿Un matorral en llamas? Te ha invitado a su casa y te ha dicho que los niños no estarán.
– Lo sé.
– Ése es el signo internacional de «Sáltame encima».
Él no dijo nada.
– Myron.
– Sí.
– Es viuda, no minusválida. Seguro que está aterrada.
– Por eso me lo tomo con calma.
– Es muy amable y noble, pero es una tontería. Y no ayuda nada.
– O sea que me sugieres…
– Que te lances a lo bestia, sí.
5
Myron llegó a casa de Ali a las siete.
Los Wilder vivían en Kasselton, una ciudad a quince minutos al norte de Livingston. Myron había realizado un extraño ritual antes de salir de casa. ¿Con colonia o sin colonia? Eso era fácil: sin colonia. ¿Slips o boxers? Eligió algo entre los dos, ese híbrido que son unos boxers estrechos o unos slips largos. Boxer briefs, decía el paquete. Y los eligió en gris. Se puso un jersey café claro Banana Republic con una camiseta negra debajo. Los vaqueros eran de Gap. Mocasines sin cordones de la tienda de saldos de Tod adornaban sus pies del cuarenta y cinco. No habría parecido más informal estadounidense de haberlo intentado.
Ali le abrió la puerta. Las luces detrás de ella estaban bajas. Llevaba un vestido negro escotado delante. El pelo recogido. A Myron le gustó. A los hombres solía gustarles el pelo suelto. A él siempre le había gustado más el pelo apartado de la cara.
La miró un buen rato y después dijo:
– Uau.
– Creía que habías dicho que tenías facilidad de palabra.
– Me controlo.
– Pero ¿por qué?
– Si me lanzo a hablar -dijo Myron-, las mujeres de todo el estado se empiezan a desnudar. Necesito limitar mi poder.
