¿Cuándo había desaparecido Katie? Ése era su nombre, Katie.

Edna intentó recordarlo. Probablemente hacía un mes. Tal vez seis semanas. La noticia sólo había salido en la televisión local y no durante mucho tiempo. Algunos creían que se había escapado de casa. Katie Rochester había cumplido dieciocho años unos días antes de su desaparición, lo cual la convertía en mayor de edad y por lo tanto disminuía la prioridad de la búsqueda. Se creía que había problemas en casa, sobre todo con su padre, un hombre estricto, aunque le temblaran los labios.

Tal vez Edna se había equivocado. Tal vez no fuera ella.

Sólo había una forma de averiguarlo.

– Corre -le dijo a Stanley.

– ¿Qué? ¿Adónde vamos?

No había tiempo para responder. Seguramente la chica ya estaba una manzana más allá. Stanley la seguiría. Stanley Rickenbak, tocoginecólogo, era el segundo marido de Edna. El primer marido había durado un suspiro, un tipo impresionante, demasiado guapo y demasiado apasionado, y evidentemente un absoluto imbécil. Probablemente esto no era justo, pero ¿y qué? La idea de casarse con un médico -de eso hacía cuarenta años- había sido un cambio agradable en comparación con el marido número uno. No obstante, la realidad no había sido tan buena con él. Había creído que Edna abandonaría su ejercicio cuando tuvieran hijos, pero ella no lo dejó, más bien al contrario. La verdad -una verdad que no había pasado por alto a sus hijos- era que le gustaba más ser médica que madre.

Se precipitó tras la chica. Las aceras estaban repletas. Ella avanzó manteniéndose cerca del bordillo y aceleró el paso. Stanley intentó seguirla.

– Edna.

– No te apartes de mí.

Él la alcanzó.

– ¿Qué ocurre?

Edna buscó a la pelirroja con la mirada.

Allí. Más adelante y a la izquierda.



3 из 316