
Estudiar las caras era más que una afición para Edna. Tenía sesenta y tres años, y era una de las pocas doctoras de su edad que se especializaba en el campo de la genética. Los rostros eran su vida. Una parte de su cerebro siempre estaba trabajando, incluso cuando no estaba en la consulta. No podía evitarlo: la doctora Edna Skylar estudiaba los rostros. Sus amigos y familiares estaban acostumbrados a su mirada penetrante, aunque desconcertara a los desconocidos y a los que acababan de conocerla.
Eso era lo que estaba haciendo Edna. Pasear por la calle, ignorando, como solía hacer, las vistas y los sonidos, perdida en su propio gozo personal de estudiar las caras de los transeúntes. Observando la estructura de la mejilla y la profundidad de la mandíbula, la distancia entre los ojos y la altura de las orejas, el contorno de la mandíbula y el espacio orbital. Y fue por eso por lo que, a pesar del nuevo color de pelo y del corte, a pesar de las gafas a la última, y del maquillaje y la ropa de adulta, Edna había reconocido a la chica desaparecida.
– Iba con un hombre.
– ¿Qué?
Edna no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
– La chica.
Stanley frunció el ceño.
– ¿De qué hablas, Edna?
De la foto. De la angustiosa foto de la colegiala normal y corriente. La has visto un millón de veces. La ves en un anuario escolar y las emociones se agolpan. Como una ola, ves su pasado, ves su futuro. Sientes la alegría de la juventud, sientes el dolor de crecer. Percibes su potencial. Sientes una punzada de nostalgia. Ves pasar su vida por delante, tal vez universidad, matrimonio, hijos, todo eso.
Pero cuando sacan esa foto en las noticias de la noche, se te encoge el corazón de terror. Miras la cara, la sonrisa incierta y los cabellos lisos y los hombros tensos, y tu cabeza vuela hacia rincones oscuros que se rehuyen.
