
Nada.
¿Dónde estaba la chica?
– Edna.
Era Stanley. La había alcanzado.
Ella no dijo nada. Se quedó en el andén, pero no había rastro de Katie Rochester. Y aunque lo hubiera, ¿qué? ¿Qué podía hacer Edna? ¿Subir al metro y seguirla? ¿Adónde? ¿Y después qué? Encontrar el piso o la casa y llamar a la policía…
Alguien le tocó el hombro.
Edna se volvió. Era la chica desaparecida.
Durante un tiempo después, Edna se preguntaría qué había visto en la expresión de su cara. ¿Era una mirada de súplica, de desesperación, de calma, de alegría, incluso? ¿Decisión? Todo a la vez.
Se quedaron quietas un momento, mirándose. El tráfico de personas, los indescifrables sonidos de megafonía, el aviso del tren…, todo desapareció y quedaron sólo ellas dos.
– Por favor -dijo la chica desaparecida, con un susurro-. No comente que me ha visto.
Después subió al metro. Edna sintió un escalofrío. Se cerraron las puertas. Ella quería hacer algo, lo que fuera, pero no podía moverse. Su mirada estaba fija en la otra.
– Por favor -silabeó la chica a través del cristal.
Y el tren desapareció en la oscuridad.
2
Había dos chicas adolescentes en el sótano de Myron.
Así fue cómo empezó. Más tarde, cuando Myron recordaba toda la pérdida y la angustia, aquella serie de «y si» volvía y le obsesionaba de nuevo. Y si no hubiera necesitado hielo. Y si hubiera abierto la puerta del sótano un minuto antes o un minuto después. Y si las dos adolescentes -¿qué estaban haciendo solas en su sótano, para empezar?- hubieran hablado en susurros para que él no las oyera.
Y si él se hubiera ocupado de sus asuntos.
Desde lo alto de la escalera, Myron oyó reír a las chicas. Se paró. Por un momento pensó en cerrar la puerta y dejarlas solas. Su pequeña fiesta estaba escasa de hielo, pero aún quedaba algo. Podía volver más tarde.
