Pero antes de que pudiera volverse, una de las voces de las chicas subió como el humo por el hueco de la escalera.

– Entonces ¿te fuiste con Randy?

La otra:

– Oh, Dios mío, estábamos tan colocados.

– ¿De cerveza?

– Cerveza y chupitos, sí.

– ¿Como llegaste a casa?

– Condujo Randy.

En lo alto de la escalera, Myron se quedó rígido.

– Pero si has dicho…

– Calla. -Después-: ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Pillado.

Myron bajó la escalera trotando y silbando. Con toda la naturalidad del mundo. Las dos chicas estaba sentadas en lo que antes había sido el dormitorio de Myron. El sótano había sido «decorado» en 1975 y se notaba. El padre de Myron, que en ese momento se estaría divirtiendo con su madre en un apartamento cercano a Boca Raton, había sido espléndido con la cinta adhesiva. El forro de madera, un diseño que había envejecido tanto como el Betamax, empezaba a soltarse. En algunos puntos las paredes de cemento estaban a la vista y se desconchaban de forma palpable. Las baldosas del suelo, pegadas con algo semejante a cola, se abombaban. Crujían como un escarabajo al pisarlas.

Las dos chicas -Myron conocía a una de ellas de toda la vida, a la otra acababa de conocerla- le miraron con los ojos muy abiertos. Por un momento, nadie habló. Las saludó con un gesto.

– Eh, chicas.

Myron Bolitar se enorgullecía de su capacidad para iniciar conversaciones.

Las dos chicas estaban en el último curso de instituto, y era bonito su aire de colegialas. La que estaba sentada en el extremo de su vieja cama -la que acababa de conocer hacía una hora- se llamaba Erin. Hacía dos meses que Myron salía con Ali Wilder, la madre de Erin, una viuda que trabajaba de periodista free lance. La fiesta, en la casa donde Myron había crecido y que ahora era suya, era algo así como la celebración del «noviazgo» de ellos dos.

La otra chica, Aimee Biel, imitó su gesto y su tono.



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