Christian ocultó una sonrisa, se llevó la copa a los labios y bebió.

Dalziel, no se lo conocía por ningún otro nombre o título honorífico, era el responsable de Asuntos Exteriores que, desde su despacho sepultado en las profundidades de Whitehall, dirigía la red de espías en el extranjero de su británica majestad, una red que había sido decisiva para que Inglaterra y sus aliados obtuvieran la victoria, tanto en la campaña de la Península como, más recientemente, en Waterloo. Junto a un tal lord Whitley, su homólogo en el Ministerio del Interior, Dalziel era el responsable de todas las operaciones encubiertas, tanto en Inglaterra como en los territorios más allá de sus fronteras.

– No sabía que Tregarth o Blake estuvieran en el mismo barco que nosotros, y a los demás los conozco sólo por su reputación. -Christian miró a Tristan-. ¿Estás seguro de que ellos también se retiran?

– Sé que Warnefleet y Blake sí. Por las mismas razones que nosotros. En cuanto a los demás, son puras conjeturas, pero no veo a Dalziel comprometiendo a un espía del calibre de St. Austell, o de Tregarth o Deverell, sólo para satisfacer el último capricho de Prinny.

– Cierto. -Christian contempló de nuevo el mar de cabezas.

Tanto él como Tristan eran altos, esbeltos y de hombros anchos, con la contenida fuerza de hombres acostumbrados a la acción, una fuerza no del todo oculta por el elegante corte de los trajes de gala. Bajo aquellas ropas, ambos llevaban las cicatrices de años de servicio activo; aunque tenían las uñas perfectamente arregladas, aún pasarían meses antes de que los evidentes signos de su inusual, y a menudo poco caballerosa ocupación, desaparecieran de sus manos: los callos, las asperezas, las palmas duras como el cuero.

Ellos dos, y los cinco colegas que sabían que también estaban presentes, habían servido a Dalziel y a su país durante, al menos, una década. En el caso de Christian, eran casi quince años. Lo habían hecho asumiendo cualquier papel que fuera necesario, desde el de noble hasta el de barrendero, desde el de oficinista hasta el de peón. Para ellos, sólo podía hablarse de éxito si descubrían la información que se les había ordenado conseguir tras las líneas enemigas y lograban sobrevivir el tiempo suficiente para transmitírsela a Dalziel.



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