
Tristan dejó que pasara medio minuto, luego inclinó la cabeza, agitó los dedos y el cheque cayó flotando hasta la mesa y hacia Stolemore, que alargó una gran mano y lo cogió.
Tristan se apartó del banco.
– Lo dejaré con sus cosas.
Media hora después de regresar a casa, Leonora escapó de los requerimientos del servicio y buscó refugio en el invernadero. La estancia de cristal era su lugar especial dentro de la gran casa, su refugio.
Los tacones de sus zapatos retumbaron sobre el suelo de baldosas mientras se acercaba a la mesa y las butacas de hierro forjado colocadas en el mirador. Las pezuñas de Henrietta resonaban con un suave contrapunto mientras la seguía.
Caldeada para combatir el frío del exterior, la estancia estaba llena de exuberantes plantas: helechos, exóticas enredaderas y hierbas de extraños olores. El leve aunque penetrante olor a tierra y a vegetación la calmaba y confortaba.
Leonora se dejó caer en una de las butacas y contempló el jardín invernal. Debería informar a su tío y a Jeremy sobre su encuentro con Trentham, porque si los visitaba más tarde y lo mencionaba, les extrañaría que ella no se lo hubiera comentado. Tanto Humphrey como Jeremy esperarían que lo describiera, pero definir con palabras al hombre con quien se había encontrado en la acera menos de una hora antes no era sencillo. Pelo oscuro, alto, ancho de hombros, apuesto, vestido con elegancia. A primera vista, los rasgos superficiales eran fáciles de definir.
Más difícil era la impresión que se había llevado de un hombre encantador por fuera pero bastante diferente por dentro. Y esa impresión se había debido más a sus rasgos, a la agudeza de sus ojos entornados, no siempre ocultos por las largas pestañas, al gesto casi determinado de la boca y de la barbilla antes de que se le hubiera suavizado, a las duras líneas del rostro antes de que desaparecieran para cubrirse con un manto de cautivador encanto. Era una impresión acentuada por otros datos, como el hecho de que no se hubiera inmutado cuando ella chocó a toda velocidad contra él. Leonora era más alta que la media de las mujeres; la mayoría de los hombres habrían dado un paso atrás como mínimo.
