Pero dado el estado de Stolemore, era inútil seguir por ahí, porque se limitaría a volver a perder la conciencia.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el cheque.

– He traído el pago final, como acordamos. -Los ojos del hombre se clavaron en el trozo de papel mientras él lo movía a un lado y a otro-. Supongo que tiene la escritura de la casa…

Stolemore gruñó.

– En un lugar seguro. -Despacio, se levantó como pudo de la mesa-. Si espera aquí un minuto, iré a buscarla.

Tristan asintió. Lo observó cojear hasta la puerta.

– No hay prisa.

Una pequeña parte de su mente siguió a Stolemore mientras éste se movía por la casa, identificó su «lugar seguro» como debajo del tercer peldaño. Durante la mayor parte del tiempo, no obstante, se quedó apoyado en el banco, atando cabos en silencio.

Y no le gustó la conclusión a la que llegó.

Cuando el agente regresó, cojeando, con una escritura atada con un lazo en una mano, Tristan se irguió. Extendió una mano autoritaria y Stolemore le entregó el documento. Él deshizo el lazo, desenrolló el papel, lo estudió rápidamente, volvió a enrollarlo y se lo metió en el bolsillo.

El hombre se dejó caer en la silla, resollando.

Tristan lo miró a los ojos. Levantó el cheque que sujetaba entre dos dedos.

– Una pregunta y luego le dejaré.

Con mirada casi inexpresiva, el otro aguardó.

– Si supusiera que quien le ha hecho esto ha sido la misma persona o personas que a finales del año pasado lo contrataron para negociar la compra del número catorce de Montrose Place, ¿me equivocaría?

Stolemore no tuvo que responder, porque la verdad estaba allí, en su hinchado rostro, mientras escuchaba las palabras cuidadosamente pronunciadas. Tardó en decidir cómo responder.

Luego parpadeó dolorosamente y clavó los ojos en los suyos con una mirada apagada.

– Estoy obligado a respetar la confidencialidad.



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