– ¿Quiénes dijo que eran?

– Yo soy Kirsty McMahon -dijo, enderezándose-, doctora Kirsten McMahon. Mi hermana, Susan, estaba casada con Rory, el sobrino de su señoría.

– El Rory que murió -Jake dudó-. Lo recuerdo. Kenneth, otro de los sobrinos de Angus, le dijo al conde hace algunos meses que su hermano había muerto en Estados Unidos. Lo siento. Pero…

– Déjelo -dijo ella amargamente-. Todo lo que necesita saber es que no nos interesa ningún tipo de herencia. Así que vamos a dejar de hacer juicios, ¿no le parece? Vaya y dígale a su señoría quiénes somos y déjeme que acomode a mi hermana para pasar la noche.


Ella era preciosa. Era una salvación.

Las dejó allí y volvió a entrar al castillo en compañía de Boris. Tenía llaves; había insistido en ello tras el último infarto sufrido por Angus.

Subió a las habitaciones del conde, pero éste no estaba en la cama. Estaba en la ventana, contemplando el mar. Era un hombre pequeño, nervudo y castigado tras años practicando la pesca y la jardinería. Había sido un hombre que amaba estar al aire libre, y el verlo allí dentro vestido con su bata le partía el corazón.

Necesitaba un bypass y no aceptaba someterse a la operación. Pero lo que realmente le estaba matando eran sus pulmones.

– Pensé que te ibas a ir a la cama -gruñó Jake.

Angus lo miró y trató de sonreír.

– Hay tiempo para que me vaya a la cama. Son sólo las cinco.

– Tienes la cena en la mesilla de noche -le dijo Jake, que había subido él mismo la comida, ya que si no Angus no comería. Era duro ver a un amigo apagarse.

– Iré a cenar. ¿Por qué has vuelto?

– ¿Podrías soportar a un par de visitantes?

– ¿Visitantes?

– Dos americanas. Hermanas. Una de ellas dice que estuvo casada con Rory.

– Rory -la sonrisa de Angus se desvaneció-. ¿Mi Rory?

– Tu sobrino. Me parece que es el hermano mayor de Kenneth. Debió marcharse al extranjero antes de que yo viniera -hizo una pausa-. Háblame sobre él.



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