¿Su hombre? ¿Roben? Aquello casi le hizo sonreír y no le costó nada volver a fijar su atención en aquel hombre misterioso. Un hombre realmente atractivo…

Le enfadó darse cuenta de que estaba allí, delante de aquel castillo, teniendo pensamientos lujuriosos sobre un hombre que no conocía. Se había pasado la vida tratando de mantener el control y, en aquel momento, cuando todo se estaba tambaleando, lo último que necesitaba era la complicación de un hombre. En casa tenía a Robert, que era muy agradable y que seguiría siéndolo durante el tiempo que ella quisiese. Pero no podía negar que aquel hombre misterioso, aquel guerrero del castillo, era guapísimo.

– Hum… hola -comenzó a decir.

El extraño estaba sujetando a su perro, y detrás de ellos podía ver el patio delantero, tras el cual se podían divisar las piedras blancas del castillo, con sus tórrelas y almenas. Kirsty estaba casi con la boca abierta, admirando la belleza del lugar.

– ¿Qué puedo hacer por usted? -Preguntó el hombre.

– Mi hermana y yo hemos venido a ver a Ang… al conde.

– Lo siento, pero Su Señoría no recibe visitas -dijo rápidamente el hombre antes de comenzar a cerrar las puertas.

Kirsty trató de impedirlo con el pie, no teniendo en cuenta lo pesadas que eran las puertas, y gritó ante el dolor que sintió cuando éstas le aprisionaron. Entonces él volvió a abrirlas.

– ¿Le he hecho daño?

– Sí.

– No debió haber puesto su pie ahí.

– Usted estaba cerrando la puerta en mi cara.

El hombre suspiró y ambos comprobaron cómo estaba su pie. Lo había retirado a tiempo y quizá, con suerte, sólo sufriera una leve contusión.

– Lo siento -dijo el hombre, que parecía sinceramente preocupado-. Su Señoría no recibe visitas por el momento. Y nunca ve a los turistas.

– Nosotras no somos turistas.

– ¿Nosotras?

Kirsty indicó hacia el coche, desde el cual su hermana miraba ansiosa.

– Mi hermana y yo.



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