
– Es muy fácil decir eso -dijo Kirsty.
– Lo siento.
– ¿Dónde vamos?
– A que conozca a Angus.
– Usted dijo que estaría dormido.
– Dije que se habría ido a la cama, que es diferente. Estará esperándonos.
– ¿Está tan enfermo que ni siquiera puede salir a comprobar qué está pasando?
– Es un poco como Susie -explicó Jake, cuyo tono de voz se dulcificó-. Debería estar en una habitación de la planta de abajo, pero se niega. Se niega a cualquier cosa que pueda ayudarle. Simplemente se sienta y espera.
– ¿Le queda poco para morir? -Preguntó ella sin rodeos.
– Antes de que usted y su hermana llegaran, hubiera dicho que era cuestión de semanas. Incluso días. Cuando vaya a la residencia supongo que perderá sus últimas ganas de vivir. Este lugar es lo único que le da vida.
– ¿Este castillo?
– No. El castillo Loganaich le gusta pero, aunque él lo construyó, es obra de su esposa. Él no lo ama. Su huerto es otra cosa. Pero ahora…
– ¿Ahora?
Pareció que Jake se paró a pensar un momento antes de seguir hablando.
– Ahora tenemos una paisajista y un médico a mano -dijo por fin-. ¿Quién sabe la diferencia que eso puede suponer?
Entonces entraron en la habitación del conde. Angus mostraba todos los síntomas de un deterioro pulmonar. Al verlos entrar se levantó para recibirlos; era un hombre débil que necesitaba un bastón para poder andar.
– Aquí está mi visita -dijo Angus, obviamente alegre-. Pero no…
Kirsty le tendió la mano y él observó que no llevaba anillo.
– ¿No es la viuda de Rory? Jake ha cometido un error, ¿verdad? Rory nunca se casó.
– Sí que lo hizo -dijo Kirsty, confundida.
– Pero usted no…
– Fue mi hermana la que se casó con su sobrino -aclaró ella.
– Ella no está aquí.
– Susie está aquí, pero está enferma -dijo Jake con suavidad-. La hemos acostado. Está agotada.
