
– ¿Está enferma? -Preguntó el conde, preocupado por Susie.
– Mi hermana tiene muchas ganas de conocerle -dijo Kirsty-. Parece que Jake piensa que está bien que nos quedemos a pasar la noche.
– Pues claro que sí.
– No le molestaremos. Y nos marcharemos a primera hora de la mañana.
– ¿Tan pronto? -La alegría que había reflejado la cara de Angus se desvaneció.
– No queremos molestarle.
– Nadie quiere molestarme -espetó el conde, tan severamente que le provocó tos-. ¿Por qué no me dijo Rory que estaba casado? ¿Por qué tampoco me lo dijo Kenneth?
Kirsty no tenía respuestas.
– Quizá Susie sepa más de lo que yo sé -murmuró-. Puede hablar con ella por la mañana -entonces miró a Jake, vacilante, para a continuación volver a mirar a Angus.
– Es… es… -trató de decir el conde, pero todo aquello era demasiado para él. Se echó sobre las almohadas de la cama y jadeó.
– Necesita oxígeno -dijo ella con urgencia, dándose la vuelta hacia Jake-. ¿Por qué no se le está suministrando oxígeno? Está claro que ayudaría.
– Gracias, doctora McMahon. Eso quiere decir que en Estados Unidos se ha oído hablar del oxígeno, ¿no es así?
– Lo siento -se disculpó ella-. No es asunto mío. Angus… su… lo siento, no sé cómo referirme a usted.
– No he hecho las presentaciones -dijo Jake-. Doctora Kirsty McMahon, éste es Su Eminencia, el conde de Loganaich.
Kirsty frunció el ceño, para a continuación esbozar una cautelosa sonrisa dirigida a Angus.
– Saber cómo llamarle hace todo más fácil.
– Llámame Angus -logró decir, sonriendo a su vez. Pero entonces comenzó a jadear de nuevo.
– Angus, tienes que dejar que te ayude -dijo Jake con la preocupación reflejada en la voz-. Angus no quiere usar oxígeno -añadió-. Sé que no es problema suyo, doctora McMahon, pero como ha surgido el tema, podemos darle una respuesta a la doctora, ¿no te parece, Angus?
– No -jadeó el conde, luchando para poder respirar.
