– Qué repentino, ¿no? Corre por ahí el rumor de que te casas con Mark Hilliard.

Lo dijo como si fuera un chiste, pero Jane no estaba de humor para bromas, y dado que Mark ya había informado a sus socios, probablemente aliviados al saber que ello suponía una mejora en su organización laboral, no había ningún secreto que guardar.

– ¿Ah, sí? Bueno, de vez en cuando algún rumor es cierto -repuso con naturalidad, y estuvo a punto de añadir que lo apresurado de la boda se debía a que estaba embarazada. De trillizos-. Si alguien pregunta por mí, me voy con Shuli a comprar algo absolutamente deslumbrante para la ocasión.

No consideró necesario aclarar para cuál de las dos era aquel algo «absolutamente deslumbrante».

Mark volvió a su despacho pero no conseguía concentrarse en el trabajo. Sentado en su escritorio, no dejaba de dar vueltas a su anillo de boda. Había llegado a ser parte de él hasta el punto de que no había reparado en que tendría que cambiarlo por otro.

Un rato antes Jane le había sacado del aprieto cuando él había retrocedido instintivamente ante la idea de un nuevo anillo. Le había tendido una mano ofreciéndole su apoyo en lugar de hacerle los reproches que merecía. Y todavía sentía en la piel el cálido roce de sus dedos.

Miró por última vez el anillo y lo guardó en su cartera antes de pulsar el intercomunicador.

– ¿Patsy? Tengo que salir media hora. ¿Puedes avisar a todos de que retrasamos la reunión semanal?

– Por supuesto, señor Hilliard-respondió su nueva secretaria-. Espero que le parezca bien, he hecho una reserva provisional para el martes a mediodía en el Waterside.

– ¿Te ha dicho Jane que lo hagas? -preguntó él sorprendido.

– No, ha sido iniciativa mía. Jane me dijo que la utilizara, que era lo que a usted le gustaba. Pero si tiene otros planes la cancelaré.

– ¿Y te ha parecido que una comida en el Waterside podía ser una sorpresa adecuada?



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