– ¿Te parece bien?

Jane esperaba que él sacase la cartera, pero para su sorpresa le tomó la mano, de modo que sus finos dedos quedaron extendidos sobre los suyos, y pareció observarla durante una eternidad. El contacto de aquellos dedos elegantes, largos y vibrantes, provocó una reacción en cadena que recorrió todo su cuerpo con una intensidad muy superior a lo que jamás había imaginado.

– ¿Estás absolutamente segura? -preguntó él finalmente mirándola a los ojos.

– Mark, es el anillo que elegiría aunque fuera a casarme con el sultán de Zanzíbar.

– ¿Me estás diciendo que tengo competencia? -dijo él sin apartar de ella sus profundos ojos grises.

– Por supuesto -respondió ella con fingida seriedad-. No deja de suplicarme que me vaya a su harén.

– Pues la próxima vez dile que ya estás comprometida -dijo él sonriendo, y se volvió al joyero-. Ha sido sorprendentemente fácil.

– La señorita sabe lo que quiere -asintió el circunspecto dependiente-. Y ahora si el señor me deja tomarle la medida…

Jane percibió al instante la tensión de Mark, que retiró la mano discretamente, aunque ella pudo ver que todavía llevaba el anillo que le había puesto Caroline.

– Ahora no hay tiempo, Mark -dijo apresuradamente para salvar la situación-. Tenemos que ir al banco. Y hay que ir a buscar a Shuli.

Ya en la calle, Mark se detuvo y se volvió hacia ella.

– Lo siento, Jane -dijo. Ella posó una mano levemente sobre la suya en un mudo gesto de comprensión, pero no fue capaz de decirle que no importaba, porque la verdad era que sí importaba.

De vuelta en la oficina, estuvo comprobando que su sustituía iba haciéndose con las riendas del despacho y fue a recepción a recoger a Shuli.

– ¿Es verdad que te vas? -preguntó asombrada la recepcionista.

– Sí, es cierto. Patsy me sustituye desde hoy, aunque estaré viniendo a ratos esta semana -dijo despreocupadamente Jane mientras sujetaba a Shuli a la sillita.



13 из 50