
– Por supuesto -dijo Jane-. Estaré allí antes de mediodía.
Llamó a los topógrafos para aplazar la reunión y se sentó un momento para alzar su propia coraza protectora. Shuli no era la única que ansiaba recibir las atenciones de Mark Hilliard. Y su amor. Pero ella tenía veinticuatro años, y no podía tirarse al suelo y llorar hasta que él le hiciese caso. Era Jane, la secretaria perfecta e infalible en la que siempre se podía confiar.
Mark Hilliard era irresistible. Desde la primera vez que lo había visto, recién enviudado, con el rostro marcado por el dolor, con su hija pequeña en un cochecito a su lado, había sabido que no debía quedarse allí. Pero momentos después de comenzar la entrevista de trabajo él había recibido una llamada urgente, y ella había tomado en brazos a la pequeña,que no dejaba de llorar, y había estado jugando con ella en recepción hasta que él había terminado. Acto seguido Mark había salido a buscarla y le había anunciado que el trabajo era suyo.
– Pero no sabe nada sobre mí -objetó ella.
– Sé que sabe lo que hay que hacer y lo hace. Para mí es suficiente. ¿Puede empezar ahora mismo?
Jane sabía que no era nada bueno enamorarse del jefe, y menos a primera vista. Antes o después encontraría otro trabajo, un trabajo en el que su corazón no estuviera sufriendo cada minuto de cada día. Pero Mark parecía desesperado, y Shuli se había aferrado a ella como a una tabla de salvación. Y así había pasado ya más de dos años y medio en el estudio de arquitectura de Mark Hilliard, descubriendo lo que había que hacer y haciéndolo sin esperar a que se lo ordenaran.
Reunió las carpetas que Mark le había pedido, tomó su ordenador portátil y dio instrucciones en recepción para que redirigieran las llamadas a su casa. Al pasar por el espejo del vestíbulo observó que sus cabellos seguían escapándose del pulcro moño que según su peluquera se mantendría en su sitio en medio de una fuerte galerna.
