
– Hago lo que puedo -protestó él-. Pero tengo que trabajar. Mucha gente depende de mí. El estudio, incluso tú. Si yo no trabajo, nadie cobra.
– Precisamente por eso necesita una madre. Y comprendo que usted no tiene tiempo para buscarla, por eso he redactado el anuncio. O podría acudir a una agencia. Mucha gente en su situación lo hace.
– Tienes razón. Es posible -reconoció él-. Agradezco tu preocupación. Lo pensaré.
– Han pasado tres años, Mark -dijo ella, negándose a cambiar de tema-. Caroline habría querido que siguiera adelante con su vida. Y que Shuli tuviera lo que todos los niños necesitan.
– ¿Y dónde voy a encontrar una mujer que quiera hacerse cargo del hijo de otra?
– No es tan extraño hoy en día, con tanto divorcio… Pero los dos sabían cuál era el problema. Ninguna podría ser tan maravillosa, tan perfecta, tan hermosa como Caroline.
– ¿Y cómo podría estar seguro de que al cabo de un año esa mujer cariñosa con sentido del humor no me pondría una demanda de divorcio para quedarse la mitad de lo que tengo?
Jane ya había contado con que Mark utilizaría todas las excusas posibles para descartar la idea.
– Creo que podemos confiar en Shuli para desenmascarar a cualquier posible cazafortunas. Al menos aquel comentario lo hizo sonreír.
– Sí, supongo que sí -dijo reclinándose en su sillón y observándola con los ojos entrecerrados-. Has pensado todo esto muy bien, ¿verdad?
– Por supuesto.
– Claro. Dime una cosa, Jane. ¿Aceptarías tú un matrimonio de conveniencia corno ese?
Allí estaba. Se había abierto la puerta que tanto tiempo había esperado.
– ¿Me lo pregunta en serio? -dijo con voz tranquila, aunque los latidos de su corazón debían oírse al otro lado de la calle.
– Sí. Quiero saber si te casarías con un hombre que no estuviese enamorado de ti.
