
– He aplazado la cita con los topógrafos en la obra para mañana -dijo con naturalidad-. A las nueve y media. Traiga, a Shuli a la oficina y yo cuidaré de ella.
Él anotó algo en su agenda y levantó la vista.
– ¿El martes que viene te parece bien? -preguntó.
– ¿El martes que viene?
– Supongo que a mediados de semana el juzgado estará más tranquilo. Porque no querrás una boda por todo lo alto, ¿verdad?
– ¿Boda? -Jane palideció profundamente.
– Me has preguntado si te estaba proponiendo que nos casáramos. Si tengo que elegir entre ti y el anuncio, me quedo contigo. Porque hablabas en serio, ¿verdad?
Como propuesta de matrimonio era un desastre, pero se la había hecho el hombre al que amaba con todo su corazón.
– Sí, claro.
– Entonces no veo ninguna necesidad de esperar. Yo estoy libre el martes, si a ti te viene bien.
Jane había tenido una visión de velas, rosas rojas, un anillo de diamantes. Una proposición perfecta seguida de una boda perfecta, vestida de blanco y de largo, con un cortejo de damas de honor, y toda su familia emocionada mientras ella avanzaba hacia el altar para unirse al hombre de sus sueños. Y de repente había renunciado a todo aquello. Pero Mark le había pedido que se casara con él. Más o menos. Y aunque el romanticismo hubiera brillado por su ausencia, así era como ella lo había planeado.
– Sí, me viene bien -respondió con el tono casual de quien habla de una reunión para un proyecto-. ¿Quiere que me encargue de los detalles?
«Por favor, di que no. Di que lo harás tú».
