
– Sí, por favor.
– ¿Quiere que invite a alguien? ¿Colegas? ¿Su familia?
– ¿Crees que es necesario? -preguntó él frunciendo el ceño-. Preferiría que fuera lo más sencillo posible.
¿Ni siquiera pensaba invitar a su madre, o a su hermana? Jane no había esperado la boda del siglo, pero al menos una ceremonia sencilla…
– No, no es necesario. Solo harán falta dos testigos. Los buscaré.
– Y tendrás que buscarme una nueva secretaria -dijo con una leve sonrisa-. Es una pena, pero ningún plan es perfecto.
– No -dijo ella, por una vez de acuerdo con él. Pero se repitió que había alcanzado su objetivo inicial, y que tenía todo el tiempo del mundo para trabajar en la siguiente fase: conseguir que Mark se enamorase de ella.
– Bien, entonces asunto resuelto -concluyó él-. Si ya has terminado de arreglarme la vida, ¿podemos echar un vistazo al contrato de Maybridge?
Sin esperar a su respuesta, Mark hizo una pelota con el anuncio que ella le había preparado, la tiró a la papelera y abrió una carpeta.
– Oye, ¿por qué no paramos un poco? -propuso Mark cuando su hija los interrumpió por tercera vez-. Le daré de comer y la acostaré a dormir la siesta, y podremos trabajar un par de horas más en paz.
– Tengo una idea mejor -dijo Jane-. Yo me encargo de Shuli y usted puede continuar con esos presupuestos.
– ¿De verdad? -dijo él. Se pasó una mano por la espesa cabellera negra y un mechón rebelde se quedó erguido en su coronilla. Igual que la primera vez que lo había visto, hundido e intentando hacer frente al desastre que la vida le había puesto delante. Entonces había tenido que dominarse para no extender la mano y alisárselo. Una vez más volvió a reprimir el impulso.
En la casa reinaba el silencio. Mark subió a la habitación de Shuli, y desde la puerta entreabierta vio a Jane sentada al borde de la cama acariciando los rizos rubios de la pequeña. El corazón se le encogió ante la dulzura de la escena. Jane tenía razón. Aquello era lo que necesitaba su hija.
