
Gene Wolfe
La quinta cabeza de Cerbero
Para Damon Knight,
que una inolvidable noche de junio de 1966 me hizo brotar de una alubia.
La quinta cabeza de Cerbero
Cuando yo era chico a mi hermano David y a mí nos obligaban a acostarnos temprano, tuviéramos sueño o no. Sobre todo en verano, a menudo había que irse a la cama antes del anochecer; y como nuestro dormitorio estaba en el ala este de la casa, y la amplia ventana daba al patio central y por lo tanto al oeste, a veces nos pasábamos horas en vela bajo la dura luz rosada, mirando al mono tullido de mi padre encaramado a un parapeto desconchado, o contándonos cuentos, de una cama a otra, con gestos silenciosos.
El dormitorio estaba en el piso más alto de la casa, y la ventana tenía una celosía de hierro forjado que se nos había prohibido abrir. La teoría, supongo, era que una mañana de lluvia algún ratero —siendo la única ocasión en que encontraría desierta la azotea, arreglada como una especie de jardín de recreo abandonado— podía descolgar una soga y entrar en la habitación, a menos que encontrara la celosía cerrada.
El objeto del hipotético y muy valeroso ladrón no habría sido, por supuesto, meramente raptarnos. Los niños eran extraordinariamente baratos en Port-Mimizon, fueran varones o mujeres; y, por cierto, una vez me dijeron que en un tiempo mi padre había traficado con ellos, pero que ahora el mercado era demasiado reducido. Fuera esto cierto o no, todo el mundo —o casi todo el mundo— conocía algún profesional capaz de proveer lo que se necesitara, dentro de lo razonable, a bajo precio. Esa gente se dedicaba a estudiar a los hijos de los pobres y los descuidados, y si alguien quería, digamos, una pelirroja de piel morena, una regordeta o una que cojeara, un rubio como David o un chico pálido de pelo y ojos castaños como yo, podía proporcionárselo en pocas horas.
