
Con toda probabilidad, el imaginario ratero tampoco iba a pedir rescate por nosotros, aunque en algunos barrios se creyera que mi padre era inmensamente rico. Para esto había varias razones. Las pocas personas que sabían que mi hermano y yo existíamos, sabían también —o al menos habían sido inducidas a creer— que no le importábamos nada a mi padre. No puedo decir si esto era verdad; sin duda yo lo creía, y mi padre nunca me dio el menor motivo para dudar, aunque por entonces la idea de matarlo no se me había ocurrido ni una vez.
Y si estas razones no fueran lo bastante convincentes, cualquiera que comprendiese el estrato en el que mi padre era ahora quizá la característica más permanente, se habría percatado de que para él, forzado ya a sobornar a la policía secreta, gastar dinero de ese modo, aun una sola vez, lo habría dejado expuesto a mil ataques ruinosos; y acaso éste fuese el motivo real —éste y el miedo que le tenían— de que no nos hayan raptado nunca.
La celosía de hierro forjado, rígida e hipersimétrica, imita las ramas de un sauce (escribo ahora en mi viejo dormitorio). En mi infancia la había recubierto un jazminero trompeta —más tarde arrancado— que había trepado desde el jardín por el muro. Yo solía desear que la planta tapara del todo la ventana y nos evitara el sol cuando intentábamos dormirnos; pero David, que tenía la cama bajo la ventana, siempre se estiraba a cortar ramas para silbar por los tallos vacíos, con cuatro o cinco de los cuales se hacía una especie de zampoña. Por supuesto que el sonido, tanto más fuerte cuanta más audacia ganaba David, atraía a su vez la atención de Mister Million, nuestro tutor. Mister Million entraba en la habitación en perfecto silencio, deslizando los anchos tacones por el suelo desigual mientras David fingía dormir. A esas alturas la zampoña podía esconderse bajo la almohada, entre las sábanas y hasta bajo el colchón, pero Mister Million la encontraba siempre.
