—El argumento de que hubo una estirpe terráquea original no es válido ni concluyente. Parece bastante probable que los aborígenes de Sainte Anne descendieran de una ola anterior de expansión humana; una ola, quizá, aun anterior a los griegos homéricos.

Tibiamente, Mister Million dice:

—Si estuviera en tu lugar, me limitaría a argumentos de probabilidad más alta.

No obstante, yo gloso la historia de los etruscos, la Atlántida y la tenacidad y las tendencias expansionistas de una hipotética cultura tecnológica que habría ocupado el continente de Gondwana. Cuando acabo, Mister Million dice:

—Ahora a la inversa. David, afirmativo sin repetir.

Mi hermano, claro, en vez de escuchar ha estado mirando el libro, y yo lo pateo entusiasmado, esperando que se atasque; pero él dice:

—Los abos son humanos porque están todos muertos.

—Explícalo.

—Si estuvieran vivos, aceptarlos como humanos sería un peligro porque pedirían cosas; pero estando muertos, es más interesante que hayan sido humanos y los colonos los hayan matado.

Y así seguimos. La mancha de luz viaja por la mesa negra listada de rojo; viajó por la mesa un centenar de veces. Salíamos por una de las puertas laterales y cruzábamos un descuidado patio entre dos alas. Había allí botellas vacías y papeles de todas clases al viento; y una vez, un muerto en harapos brillantes, sobre cuyas piernas los muchachos saltamos mientras Mister Million lo evitaba rodando en silencio. Al salir del patio a una calle angosta, las cornetas de la guarnición de la ciudadela —que sonaban tan lejanas— llamaban a los soldados de caballería a misa vespertina. En la Rue d'Asticotya se afanaba el farolero, y en las tiendas cerradas habían puesto las rejas de metal. Mágicamente despejadas de muebles viejos, las aceras parecían anchas y desnudas.



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