Fui arrastrando los pies hasta el cuarto de baño y comencé a llenar una bañera, tras lo que hice el camino de la cocina, en pos de algún alimento, y llevándome al moscardón conmigo. Puse el café a hervir y el moscardón y yo compartimos un pastelillo de cebolla. Las diez y veinte de una mañana de lunes y sin ningún sitio al que ir, sin nada que hacer. ¡Oh, bendita decadencia!

Ya hacía casi medio año desde mi jubilación anticipada y aún me asombraba el ver lo fácil que había resultado la transición de triunfador hiperactivamente trabajador a perezoso indolente. Era obvio que aquello era algo que ya estaba dentro de mí desde el principio.

Regresé al baño, me senté en el borde de la bañera masticando y tracé un vago plan para el día: un baño tranquilo, una ojeada rápida al periódico de la mañana, quizá una carrerita cañón abajo y regreso, una visita a…

El timbre de la puerta me arrancó violentamente de mi ensoñación.

Me até una toalla alrededor de la cintura y fui hasta la puerta delantera, justo a tiempo de ver entrar a Milo.

– Estaba abierta -me dijo, cerrando la puerta de un fuerte empujón y lanzando el Times sobre el sofá. Me miró y yo me apreté el nudo de la toalla.

– Buenos días, hijo de la Naturaleza. Le hice un gesto para que entrara.

– Realmente deberías cerrar la puerta con llave, amigo mío. Tengo dossiers en la comisaría que ilustran con toda claridad lo que le sucede a la gente que no lo hace.

– Buenos días, Milo.

Fui hasta la cocina y serví dos tazas de café. Milo me siguió como una enorme sombra, abrió la nevera y sacó una bandeja con pizza fría que yo no recordaba haber metido allí. Vino tras de mí, de regreso al salón, se desplomó sobre mi viejo sofá de cuero, un objeto procedente del viejo consultorio abandonado de Wilshire, equilibró la bandeja en su regazo y estiró las piernas.



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