
Cerré el agua del baño y me coloqué frente a él, en una otomana de piel de camello.
Milo es todo un hombretón: uno ochenta y cinco, noventa kilos… con esa forma que tienen los hombres grandes de desmadejarse y quedar con sus miembros colgando cuando dejan de estar de pie. Aquella mañana parecía un enorme muñeco de peluche, puesto sobre los cojines… un muñeco con una cara ancha y placentera, casi infantil, si no hubiera sido por las cicatrices del acné que le festoneaban la cara y los cansados ojos. Unos ojos que eran asombrosamente verdes, aunque ahora ribeteados de rojo, y que limitaban por arriba con unas cejas pobladas y una espesa mata de cabello oscuro muy a lo Kennedy. Su nariz era ancha y de puente alto y sus labios gruesos, infantilmente suaves. Unas patillas, que hacía cinco años habían dejado de estar de moda, bajaban por las señaladas mejillas.
Como era habitual en él, copiaba el modo de vestir de los Brooks Brothers: un traje de gabardina color verde aceituna, un jersey amarillo de botones, una corbata a rayas bronce y doradas, camisa de cuello abotonado. El efecto final era tan de yuppie como pudiera serlo el Pato Donald con un mono color rojo.
Me ignoró y se dedicó a la pizza.
– Me alegra que hayas logrado llegar a la hora del desayuno.
Cuando su plato estuvo vacío, me dijo:
– Y bien, ¿qué tal andas, chico?
– Hasta ahora andaba bien. ¿Qué puede hacer por ti, Milo?
– ¿Y quién te dice que yo quiera que me hagas algo? – expulsó algunas migas del regazo hacia la alfombra -. Quizá sólo se trate de una simple visita.
– El que entres así, sin haber llamado antes, y con esa expresión de perro de caza en la cara me dice que no es una simple visita.
