Los pacientes comenzaron a preguntarme si me sentía bien. En este punto debía estar clara y visiblemente perturbado, pues se necesita de algo muy fuerte para apartar la atención de un paciente de sí mismo.

Tenía los bastantes estudios como para saber lo que me estaba sucediendo, pero no la suficiente introspección como para darle un sentido.

No había sido el hallar el cadáver, pues estaba acostumbrado a acontecimientos sobrecogedores, pero el hallazgo del cuerpo de Hickle había sido el catalizador que me había hundido en una crisis de grandes proporciones. Contemplando ahora las cosas con perspectiva, puedo ver que el haber tratado a sus víctimas me había permitido abandonar la loca carrera en que había estado metido durante seis semanas y que el final del tratamiento me había dejado con el tiempo suficiente como para dedicarme al peligroso pasatiempo de la auto evaluación. Y no me había gustado lo que había descubierto.

Estaba solo, aislado, sin ningún verdadero amigo en todo el mundo. Durante casi una década, con los únicos humanos con los que me había relacionado había sido con mis pacientes y, por definición, los pacientes toman de uno, no le dan.

La sensación de soledad llegó a hacerse dolorosa. Me fui hundiendo en mí mismo y me deprimí profundamente. Me excusé en el hospital por enfermedad, anulé las visitas de mis pacientes privados y pasé días en cama, mirando los seriales de la televisión.

El sonido y las luces de la televisión fluían sobre mí como alguna repugnante droga paralizadora, atontándome, pero no curándome.

Comía poco y dormía demasiado, me sentía pesado, débil e inútil. Mantenía el teléfono descolgado y no salía de la casa más que para meter las cartas con propaganda dentro y volver a retirarme a mi soledad.



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