Beverly Hills aceptaba que el suicidio había tenido lugar en su propio campo, pero afirmaba que era una simple extensión de los crímenes anteriores… que habían sucedido en el territorio de Los Ángeles Oeste. Gol. A Los Ángeles Oeste le hubiera encantado devolver la pelota, pero el caso aún estaba en los papeles y lo que menos le hubiera gustado al Departamento hubiera sido un artículo sobre el incumplimiento de los deberes propios.

Así que la china le tocó a Los Ángeles Oeste. Especialmente le tocó al detective de Homicidios Milo Bernard Sturgis.

No empecé a tener problemas sino hasta una semana después de encontrarme con el cadáver de Hickle, lo cual es un retraso normal, porque yo me estaba negando a aceptar todo aquello y, además, estaba más que un poco atontado. Y puesto que, como psicólogo, se suponía que yo era capaz de enfrentarme con tales cosas, a nadie se le ocurrió preocuparse por mi estado de salud.

Me mantuve bajo control cuando estuve con los niños y sus familias, presentándoles una fachada que era tranquila, conocedora y aceptante. Parecía bajo control. En la terapia nos enfrentamos con la muerte de Hickle, con un énfasis respecto a ellos. A cómo estaban sobrellevándolo ellos.

La última sesión fue una fiesta durante la cual las familias me dieron las gracias, me abrazaron y me entregaron una reproducción enmarcada de la pintura de Braggs, El psicólogo. Fue una buena fiesta, con muchas risas y mucha suciedad en la alfombra, mientras se alegraban del estar mejor y, en parte, de la muerte de su atormentador.

Llegué a casa sobre la medianoche y me arrastré entre las sábanas sintiéndome vacío, frío e inerme, como un niño huérfano en un camino vacío. A la mañana siguiente empezaron los síntomas.

Estaba cada vez más inquieto y me costaba concentrarme. Las ocasiones en que me costaba respirar fueron incrementándose e intensificándose. Sin motivo alguno fui estando más y más ansioso, tenía una continua sensación de mariposeo en mi estómago, y sufría premoniciones de muerte.



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