Escogió dos telas baratas, de dibujos y colores brillantes, y ella misma cortó los vestidos. Pero como era camisera y nunca había hecho de costurera, por más que puso todo su empeño se equivocó en los dos vestidos. Recuerdo que el de una sola pieza hacía un pliegue en el escote por el que se me veía el pecho y así tuve que llevar siempre un imperdible. El otro, de dos piezas, tenía el bolero tan pequeño que la cintura, el pecho y las muñecas quedaban fuera; en cambio la falda era demasiado ancha y hacía unos pliegues horribles en el vientre. A mí me pareció todo muy bien, ya que hasta entonces aún había vestido peor, con unas falditas que dejaban al descubierto los muslos, y unos jerseys y unos chales que eran dignos de verse.

Mi madre me compró también un par de medias de seda. Hasta entonces, siempre había llevado calcetines hasta media pierna, con las rodillas al descubierto. Estos regalos me llenaron de alegría y de orgullo. No me cansaba de admirarlos y de pensar en ellos y andaba por la calle tiesa y con mucho cuidado, como si llevara un vestido precioso de una gran firma, y no aquellos andrajos.

Mi madre pensaba siempre en mi porvenir y no pasó mucho tiempo sin que empezara a mostrarse descontenta de mi oficio de modelo. Según ella, ganaba muy poco y, además, los pintores y sus amigos eran gente pobre y en los estudios no había esperanza de conseguir alguna amistad útil. De pronto, se le metió en la cabeza que yo podría ser bailarina. Estaba siempre llena de ideas ambiciosas, mientras yo no pensaba, como he dicho antes, más que en una vida tranquila, con un marido y unos hijos. La idea de la danza se le ocurrió al recibir un encargo del director de una compañía de variedades que se exhibía, entre dos películas, en el escenario de un cine del barrio. No es que creyera que la profesión de bailarina fuera muy productiva en sí, pero, como repetía a menudo: «Una cosa trae la otra», y, mostrándose en un escenario, había siempre la posibilidad de encontrar algún señor.



12 из 417