Un día, mi madre me dijo que había hablado con aquel director y que él la había animado a llevarme a verlo. Fuimos por la mañana al hotel en el que se alojaba el director con toda la compañía. Recuerdo que el hotel era un palacio viejo y enorme próximo a la estación. Era casi mediodía, pero los pasillos estaban todavía oscuros. El tufo del sueño, incubado en cien habitaciones, llenaba el aire y cortaba el aliento. Recorrimos varios de aquellos pasillos y, por fin, encontramos una especie de antesala oscura en la que tres bailarinas y un músico sentado ante un piano hacían ejercicio en aquella penumbra como si estuvieran en el escenario. El piano estaba en un rincón, junto a la puerta de vidrios esmerilados del retrete y en el rincón opuesto había un gran montón de sábanas sucias.

El músico, un viejo macilento, tocaba de memoria y, según me pareció, como pensando en otra cosa o tal vez durmiendo. Las tres bailarinas eran jóvenes y se habían quitado los corpiños, quedándose sólo con la falda, con el pecho y los brazos desnudos. Se cogían unas a otras por la cintura y cuando el pianista tocaba, avanzaban juntas hacia el montón de sábanas sucias, levantando las piernas, haciéndolas oscilar primero a la derecha y después a la izquierda y, por último, con un gesto provocativo que en aquel sitio oscuro y mezquino parecía extraño, volviéndose y moviendo con fuerza las nalgas.

Al mirarlas y sentirlas llevar el ritmo con los pies, con un ruido fuerte y sordo en el suelo, sentí que me faltaba el ánimo. Realmente, sabía que por largas y fuertes que tuviera las piernas no había en mí ninguna disposición para la danza. Con otras dos amigas mías había recibido ya algunas lecciones de baile en una escuela de mi barrio.



13 из 417