Ellas, al cabo de poco tiempo, sabían ya seguir el ritmo y mover las piernas y las caderas como dos bailarinas expertas, pero yo me arrastraba como si de cintura para abajo fuera de plomo. Estaba segura de no ser como las otras chicas; sentía en mí algo de pesado y macizo que ni la música conseguía soltar. Además, las pocas veces que había bailado, al sentir que un brazo me ceñía la cintura me venía una especie de languidez y abandono, de manera que, en vez de mover las piernas, no hacía más que arrastrarlas.

Incluso el pintor me lo había dicho: «Tú, Adriana, deberías haber nacido cuatro siglos antes… entonces, gustaban las mujeres como tú… pero hoy, que están de moda las delgadas, eres como un pez fuera del agua… Dentro de cuatro o cinco años serás monumental.» Se equivocaba en esta previsión porque, todavía hoy, cuando los cinco años ya han pasado, no soy ni más gruesa ni más monumental que entonces, pero tenía razón al decir que yo no debía haber nacido en esta época de mujeres delgadas. Sufría con mi incapacidad y me hubiera gustado adelgazar y bailar bien como las demás muchachas. Pero, por poco que comiera, seguía siendo maciza como una estatua y, al bailar, no conseguía coger los ritmos saltarines y rápidos de la música moderna.

Todas estas cosas se las dije a mi madre porque estaba segura de que la visita al director de variedades no podía menos de ser un fracaso y me humillaba la idea de que me rechazaran. Pero mi madre se puso en seguida a gritar que yo era, con mucho, más guapa que todas aquellas desgraciadas que se exhibían en escena y que el director tenía que dar las gracias al cielo por tener la oportunidad de recibirme en su compañía y otras cosas por el estilo. Mi madre no entendía nada de la belleza moderna y creía de buena fe que una mujer es tanto más bella cuanto más abundante tiene el pecho y más redondas las caderas.

El director nos aguardaba en una habitación que daba a la antesala. Supongo que desde allí, con la puerta abierta, vigilaría los ejercicios de las bailarinas.



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