
—Ahora, intenta bailar con esta música… pero manteniendo la falda levantada.
—Sólo ha recibido unas lecciones de baile —explicó mi madre.
Sabía que aquélla iba a ser la prueba decisiva y, conociendo mi torpeza, temía el resultado del examen.
Pero el director le hizo una seña con la mano, como para obligarla a callarse, puso la música y, con otro gesto, me invitó a bailar. Comencé a bailar como me había dicho, teniendo la falda levantada. En realidad, apenas movía las piernas hacia un lado y hacia otro, de una manera blanda y pesada, y me daba cuenta de que estaba moviéndolas sin seguir el ritmo. El director se había quedado de pie junto al gramófono, con los codos en la mesa y la cara vuelta hacia mí. De pronto, cerró el gramófono y volvió a sentarse en la butaca, haciendo al mismo tiempo un gesto bastante claro en dirección a la puerta.
—¿No va bien? —preguntó mi madre, ya agresiva.
Él respondió sin mirarla mientras buscaba en sus bolsillos la petaca de cigarrillos:
—No, no va bien.
Yo sabía que cuando mi madre hablaba con un determinado tono de voz estaba a punto de pelea y por eso le tiré de la manga. Pero ella me rechazó de un empellón y, fijando en el director dos ojos llameantes, repitió en voz más alta:
—¿Con que no va bien, eh? ¿Y puede saberse por qué?
El director, que ya había dado con los cigarrillos, buscaba ahora los fósforos. Era corpulento y cada gesto debía de costarle una gran fatiga. Contestó tranquilamente, aunque jadeando:
—No va bien porque no tiene disposición para la danza y, además, porque no tiene el físico que se requiere.
En este punto, como yo me temía, mi madre empezó a gritar sus habituales argumentos. Que yo era una verdadera belleza, que mi cara era como la de una Virgen, que mirara qué pecho, qué piernas, qué caderas. Sin moverse, el director encendió el cigarrillo y esperó, fumando y mirándola, que mi madre hubiera acabado. Entonces, dijo con su voz cansada y lamentosa:
