
—Es posible que tu hija, dentro de unos años sea una buena ama de cría… pero bailarina, nunca.
Él no sabía a qué grado de violencia podía llegar mi madre, y se quedó tan asombrado que se quitó el cigarrillo de los labios y permaneció con la boca abierta. Quería decir algo, pero mi madre no se lo permitió. Mi madre era una mujer delgada y respiraba mal y era difícil comprender de dónde sacaba toda aquella voz y aquel ímpetu. Le dirigió una buena serie de injurias, a él personalmente y también a las bailarinas que había visto en la antesala. Por último, sacó unos cortes de seda para hacer camisas, que él le había confiado, y se los tiró a la cara, chillando:
—¡Que le corte las camisas quien le parezca… Si quiere, una de sus bailarinas… Yo, aunque me cubra de oro, no se las hago!
Esta conclusión no la esperaba el director, que se quedó con la tela de las camisas enrollada al cuerpo y a la cabeza, asombrado y congestionado. Yo, entre tanto, tiraba de la manga a mi madre, y llena de vergüenza y de mortificación, estaba a punto de llorar. Ella, por fin, me hizo caso y, dejando que el director se librara de sus cortes de seda, salimos de la habitación.
El día siguiente se lo conté todo al pintor, que ahora se había convertido un poco en mi confidente. Se rió mucho de la frase del director acerca de mi disposición para futura ama de cría, y después observó:
—¡Pobre Adriana mía…! Ya te lo he dicho muchas veces… Tu error está en haber nacido hoy… Deberías haber nacido hace cuatro siglos. Los que hoy parecen defectos tuyos, entonces eran cualidades, y al revés… Ese director no se equivocaba, desde su punto de vista… Él sabe que el público quiere mujeres delgadas, con el pecho pequeño, el trasero pequeño, las caras maliciosas y provocativas… En cambio tú, sin ser gorda, estás llenita, eres morena, tienes un pecho abundante, lo mismo el trasero, y una cara dulce y tranquila… ¿Qué vas a hacerle? Por mi parte, todo está muy bien… Sigue haciendo de modelo… Después, un buen día, te casarás, tendrás muchos niños parecidos a ti, morenos, llenitos y con las caras dulces y tranquilas.
