La primera vez que fui a casa del pintor, mi madre se empeñó en acompañarme, por más que protesté de que podía perfectamente ir sola. Sentía vergüenza, no tanto por el hecho de tener que desnudarme ante un hombre por primera vez en mi vida, como por las cosas que preveía que mi madre diría para incitar al pintor a hacerme trabajar. Y, en efecto, después de haberme ayudado a quitarme el vestido por la cabeza y haberme dejado completamente desnuda de pie en medio del estudio, mi madre empezó a decir acaloradamente al pintor: «Pero fíjese ¡qué pecho… qué caderas… fíjese en las piernas…! ¿Dónde encontraría usted un pecho, unas caderas, unas piernas como éstas?» Y mientras decía estas cosas me tocaba, como se hace con las bestias para atraer a los compradores en el mercado. El pintor reía, yo me avergonzaba y, como era invierno, sentía mucho frío. Pero comprendía que no había malicia en mi madre y que ella estaba realmente orgullosa de mi belleza porque me había traído al mundo y, si yo era hermosa, a ella se lo debía. También el pintor parecía comprender los sentimientos de mi madre y reía sin malicia, afectuosamente, de modo que pronto sentí confianza y, venciendo mi timidez, fui acercándome de puntillas a la estufa para calentarme.

Aquel pintor podía tener unos cuarenta años y era un hombre grueso, de aspecto alegre y pacífico. Yo sentía que él me miraba sin deseo, como un objeto, y esto me producía una sensación de seguridad. Más tarde, cuando me conoció mejor, me trató siempre con cortesía y respeto, no como a un objeto, sino como a una persona. Experimenté pronto una gran simpatía por él y hasta hubiera podido enamorarme por gratitud, sólo porque era tan educado y afectuoso conmigo. Pero nunca me dio demasiadas familiaridades. Siempre me trataba como pintor y no como hombre. Y nuestras relaciones siguieron siendo, durante todo el tiempo en que posé para él, correctas y distantes como el primer día.



2 из 417