Cuando mi madre acabó de alabarme, el pintor, sin decir palabra, se dirigió a unos cartapacios que tenía amontonados en una silla y, después de haberlos hojeado, sacó una lámina de color y la enseñó a mi madre diciendo en voz baja:

—Ésta es tu hija.

Me aparté de la estufa para ver también la lámina. Representaba una mujer desnuda echada en un lecho cubierto con ricas telas. Tras la cama había una cortina de terciopelo y, como suspensos en el aire, entre los pliegues de la cortina, dos cupidos con alas parecidos a dos ángeles. La mujer, efectivamente, se parecía a mí; sólo que, aunque estuviera desnuda, por aquellas telas y unos anillos que llevaba en los dedos, se comprendía que debía de haber sido una reina o algún otro personaje importante, mientras que yo no era más que una muchacha del pueblo. Al principio, mi madre no comprendió y miró desconcertada la lámina. Después, de pronto, pareció ver la semejanza y exclamó jadeante:

—Justo, es ella… Ya ve como tenía razón… ¿Y quién es ésta?

—Es Dánae —contestó el pintor, sonriendo.

—¿Quién es Dánae?

—Dánae… Una divinidad pagana.

Mi madre, que se esperaba un nombre de persona que hubiera existido de verdad, quedó desorientada y, para ocultar su confusión, se puso a decirme que debía ponerme como el pintor me dijera, tendida, por ejemplo, como la figura de la lámina, o en pie, o también sentada, y estarme quieta todo el tiempo que él estuviera pintando. El pintor aseguró, riendo, que mi madre sabía más que él; e, inmediatamente, mi madre, lisonjeada, empezó a hablar de cuando era modelo y la conocía toda Roma como una de las modelos más bellas, y del enorme daño que se había hecho a sí misma casándose y dejando aquel oficio. El pintor, entre tanto, me había hecho tenderme sobre un sofá y me había colocado en pose.



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