Tuve vergüenza, pero no me atreví a cubrírmelo de nuevo. Fue él mismo quien con un gesto apresurado que parecía salir al paso de mi inquietud, volvió a tapar el seno con la blusa y a meter cada botón en su ojal. Yo le agradecí este gesto. Después, pensando en ello, una vez en casa, volví a sentirme turbada y atraída. El día siguiente, repitió el gesto y esta vez experimenté más placer y menos vergüenza. Desde entonces, me acostumbré a esta demostración de su deseo, y creo que, si no la hubiera repetido, habría temido que me amara menos.

Al mismo tiempo hablaba cada vez más de la vida que llevaríamos cuando nos casáramos. Hablaba también de su familia, que vivía en una provincia y no era pobre, puesto que poseía algunas tierras. Creo que, como suele ocurrir a los mentirosos, él mismo acabó por creer en su propia mentira. Desde luego, mostraba por mí un sentimiento muy fuerte que, probablemente, aumentando cada día nuestra intimidad, debía hacerse en la misma medida cada vez más sincero. En cuanto a mí, sus palabras adormecían mis remordimientos y me proporcionaban un sentido de felicidad pleno e ingenuo que, más adelante, no he vuelto a experimentar. Amaba, era amada y pensaba que me casaría pronto. Me parecía que en el mundo no podía aspirarse a más.

Mi madre se daba perfecta cuenta de que nuestros paseos matinales no eran del todo inocentes y a menudo me lo dio a entender con frases como: «No sé qué hacéis cuando salís en coche ni quiero saberlo», o también: «Tú y Gino estáis preparando algún lío… Peor para ti», y cosas semejantes. Pero no pude por menos de observar que esta vez sus reproches parecían curiosamente blandos e ineficaces. Parecía que no sólo se había resignado a la idea de que Gino y yo fuéramos amantes, sino que incluso lo deseaba. Hoy estoy convencida de que esperaba la ocasión para hacer fracasar nuestro noviazgo.



37 из 417