En resumidas cuentas, me encontraba con respecto a él en condiciones de constante inferioridad. Me parecía no haberle dado nada a cambio de su magnanimidad y de su comprensión. Quizá se debiera a ese estado de ánimo de persona beneficiada que siente oscuramente el deber de pagar una deuda, el que, pocos días después, no resistiera como hubiese hecho antes a sus manifestaciones de amor cada vez más atrevidas. Pero también es verdad, como dije ya a propósito de nuestro primer beso, que me sentía inclinada a entregarme a él, llevada por una fuerza al mismo tiempo poderosa y dulce, comparable a la del sueño que, para vencer nuestra voluntad contraria, a veces nos persuade a que durmamos con el sueño de estar despiertos. De manera que nos abandonamos a él, convencidos de que aún resistimos..


Recuerdo muy bien todas las fases de mi seducción, porque cada una de las conquistas de Gino fue querida y no querida por mí, y a la vez me proporcionó placer y remordimiento. Y también porque fueron realizadas con una graduación bien meditada, sin prisas ni impaciencias, como un general que invade un país más que como un amante que se deja arrastrar por el deseo, sobre mi cuerpo pasivo, descendiendo desde la boca hasta el vientre.

Todo esto no impide que Gino se enamorara más tarde de mí, y que la premeditación y el cálculo cedieran puesto, si no al amor, a un deseo violento y nunca satisfecho.

Durante todos aquellos paseos en coche, habíase limitado a besarme en la boca y en el cuello. Pero una de aquellas mañanas, mientras me besaba, sentí que sus dedos se enredaban entre los botones de mi blusa. Después tuve una sensación de frío en el pecho y, alzando los ojos por encima de su hombro hacia el espejuelo del parabrisas, vi que tenía un seno desnudo.



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