Él mismo me doblaba los brazos y las piernas en la actitud que deseaba, pero con una suavidad reflexiva y abstraída, sin tocarme apenas, como si ya me hubiera visto del modo que quería retratarme. Después, mientras mi madre seguía parloteando, se puso a trazar los primeros rasgos en una tela blanca dispuesta sobre un caballete. Mi madre se dio cuenta de que el pintor ya no la escuchaba, absorto como estaba en retratarme, y le preguntó:

—¿Y cuánto piensa pagarle a esta hija mía por cada hora de trabajo?

Sin apartar los ojos de la tela, el pintor dijo una cifra. Mi madre cogió mis vestidos que yo había colocado en una silla y me los echó encima ordenándome:

—Hala, vístete… Es mejor que nos vayamos.

—¿Puede saberse qué te pasa? —preguntó el pintor, asombrado, dejando de dibujar.

—Nada, nada —repuso mi madre fingiendo mucha prisa—. Vamos, Adriana… Tenemos aún muchas cosas que hacer.

—Pero, en fin —dijo el pintor—. Si tienes alguna propuesta que hacer, hazla… ¿Qué líos te traes?

Entonces, mi madre empezó a discutir, chillando con fuerza y diciendo al pintor que estaba loco si pensaba pagarme tan poco, que yo no era una de esas modelos ya viejas a las que nadie quiere, que tenía dieciséis años y era la primera vez que posaba. Cuando quiere obtener algo, mi madre grita siempre y de veras parece encolerizada. Pero, en realidad, no se enfada, y yo, que la conozco bien, sé que está tranquila como una balsa de aceite. Pero grita como lo hacen las mujeres en el mercado cuando un comprador les ofrece demasiado poco. Y grita, sobre todo, con la gente educada, porque sabe que, precisamente por educación, siempre acaban cediendo.

Y el pintor cedió también. Mientras chillaba mi madre, él sonreía y, de vez en cuando, hacía un ademán como para pedir la palabra. Por último, mi madre se detuvo a respirar y recobrar aliento y el pintor preguntó nuevamente cuánto quería. Pero mi madre no lo dijo inmediatamente. De una manera inesperada gritó:



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