1. Los herederos

Era el extremo del mundo o casi...

Las Tierras Altas de Escocia terminaban allí, enlas aguas cambiantes, agitadas, peligrosas, turbulentas, atravesadas porpérfidas corrientes del estuario de Pentland. Más allá, como último baluartefrente a los mares árticos que llegaban hasta el Polo, únicamente existían lostorbellinos de bruma que envolvían las islas Orcadas y las todavía más lejanasislas Shetland, pobladas de ovejas de negras cabezas. Sin embargo, los dosarchipiélagos cuyos habitantes conservaban la sangre y las tradiciones vikingaspertenecían a Gran Bretaña y la servían con fidelidad, pese a que sus raíceslos atraían hacia Noruega, país al que habían pertenecido durante siglos.

Apoyado en la muralla medio derruida de una torrede vigía, Aldo Morosini contemplaba el salvaje y grandioso paisaje marinoesforzándose por contener su emoción: anclado en medio de una pequeña rada, el Robert-Brucese estaba separando para siempre de su viejo patrón, lord Killrenan,asesinado en Egipto unos meses antes y que el barco acababa de traer de vueltaa su tierra ancestral. El silbato del contramaestre despedía con su agudosonido al capitán mientras los marineros bajaban el pesado féretro hasta elbote que aguardaba junto al casco largo y negro.

Cuando el bote se apartó, la sirena del barcorelevó al silbato del contramaestre. Los marineros metieron al unísono losremos en el agua y pusieron rumbo a la orilla, donde una pequeña muchedumbreaguardaba junto a un pastor anglicano y a varios miembros de la familia. Éstaera muy reducida: en total se componía de seis personas, inmóviles y enlutadas,en cuya cara de circunstancias no se advertía ni rastro de aflicción. El hechode que fueran hijos de la única hermana del difunto —por lo menos tres deellos, ya que las otras tres eran sus esposas— no era óbice para su ausencia depesar: eran los herederos, y con eso estaba todo dicho. Por eso Morosiniprefería mantenerse apartado. Tenía intención de no acercarse a ellos hasta elúltimo momento, pues su dolor era real. Quería mucho al viejo marino, puesaunque no estaban unidos por ningún lazo de sangre, durante muchos años sirAndrew había consagrado un amor discreto y ferviente a la princesa Isabelle, lamadre de Aldo, asimismo fallecida.



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