
Cuando Isabelle había enviudado, sir Andrew habíareunido el valor suficiente para proponerle convertirse en la princesa deKillrenan, pero Isabelle de Montlaure, princesa Morosini, era mujer de un soloamor. También Killrenan era de corazón fiel, de modo que decidió ser el eternoviajero de todos los mares del mundo. Sin embargo, de cuando en cuando su yateechaba el ancla en el veneciano fondeadero de San Marco, a fin de que sirAndrew pudiera depositar, junto con el homenaje de su fidelidad, un enorme ramode flores, especias raras y delicadas golosinas que había recogido durante susviajes. Le hacía siempre la misma pregunta, recibía la misma respuesta y semarchaba sin desanimarse. Pasados dos o tres años volvía a aparecer con algomenos de cabello, unas cuantas arrugas más y todavía el mismo amor en elcorazón.
Una sola vez, la última, el enamorado de Isabelletrató de hacerle aceptar un regalo excepcional, un objeto extraordinario ycargado de historia: una pulsera de esmeraldas y zafiros, obsequio delemperador mongol Shah Jahan a su adorada esposa Mumtaz Majal, en memoria de lacual haría construir más tarde el Taj Majal, acaso el sepulcro más bello delmundo.
Sin duda sir Andrew pecó de ingenuidad al confiaren que haría olvidar a Isabelle el valor del presente, que él solamenteconsideraba un homenaje y un símbolo de eterna fidelidad, porque la viuda deEnrico Morosini lo rechazó. De resultas de eso, tres años después Killrenanencargó a Aldo —que en el ínterin se había convertido en un anticuario expertoen joyas antiguas— que vendiera la pulsera, pero con una condición categórica:en ningún caso la alhaja debía pasar a manos de una persona de nacionalidadbritánica, ya fuera hombre o mujer. Dicho esto, sir Andrew volvió a hacerse ala mar.
