
—Tú haz lo que quieras. En cuanto a mí, lo que meapetece es acostarme pronto. El viaje me ha dejado exhausto.
—Y además no tienes ganas de charlar sino dereflexionar, ¿verdad?
—Algo de eso hay. Lo que he oído hace un rato notenía nada de agradable.
—¡Como si no conocieras a las mujeres! Dicho esto,¿te importaría que te dejara solo?
—En absoluto. Me haré subir un tentempié cuandohaya digerido la merienda. ¿Vas a buscar plan? —preguntó con una sonrisaimpertinente.
—No, voy a ir a los pubs de Fleet Street.[2]Los indígenas que los frecuentan siempre están sedientos de noticias, y se meha ocurrido que no tenemos ningún conocido que trabaje de periodista. Quizáconsiga hacerme con un amigo de la niñez que no pueda negarme nada en lo que ainformación se refiere. Últimamente los periódicos se muestran demasiadodiscretos. Están los famosos anónimos relativos a la venta de la Rosa de York,de los que tal vez se pueda sacar algo.
—Si pudieras enterarte de más detalles acerca dela muerte de Eric Ferrals tampoco estaría mal.
—Aunque no me creas, es justamente lo que pensabahacer.
2.Un tipo raro
Adalbert Vidal-Pellicorne se ciñó el cinturón delBurberry como si quisiera partirse por la mitad, se subió el cuello, bajó lacabeza y refunfuñó:
—Nunca pensé que saldría tan caro convertirse enel amigo de infancia de un periodista, que encima no es una figura. Hemosrecorrido una docena de pubs, sin contar el Grenadier, donde se ha empeñado enobsequiarme, a expensas de mi bolsillo, claro, con el menú que el duque deWellington encargaba para sus oficiales: buey a la cerveza, patatas hervidascon mantequilla y rábanos blancos, y, de postre, tarta de manzanas y morascubierta de crema. Sin contar los innumerables litros de cerveza. ¡Hay que verlo que es capaz de despachar, el muy bruto!
—Si es un individuo interesante, puedo sufragarparte de los gastos. Sería lo justo.
