—Perdone, excelencia, pero ¿está segura de que esecriado se llama Stanislas?

Los impertinentes apuntaron a Morosini con larapidez de un fusil.

—Naturalmente. ¡Qué pregunta tan rara!

—Puede tener importancia. ¿No se llamaría más bienLadislas?

—¡Oh, no! ¿Sabe?, estos nombres polacos se parecentodos mucho, incluso los que se pueden pronunciar, pero juraría que su nombreera Stanislas. Bueno, ¿va a decirme ahora qué importancia tiene eso?

Una pregunta difícil de esquivar sin mostrarsedescortés con la duquesa. Aldo decidió contestarla en un tono despreocupado.

—En realidad, no tiene ninguna, he hablado sinpensar. Es que he recordado que en Varsovia, cuando la conocí, la joven condesaSolmanski se veía a menudo con un tal Ladislas, por el que mostraba muchointerés..., pero cuyo apellido impronunciable no he grabado en la memoria—añadió con su sonrisa más seductora.

—Querido amigo —dijo lady Danvers dándole con losimpertinentes unos golpecitos en la mano—, hace mal en preocuparse por undetalle tan nimio. Estos polacos son una gente insoportable y mi pobre Erichabría salido ganando si hubiera conservado un celibato que le resultaba muyconveniente desde cualquier punto de vista. Ahora, me gustaría que dejara ustedesa taza cuyo contenido lleva un cuarto de hora revolviendo con la cuchara.Debe de estar imbebible.

Lo estaba. Aldo se hizo servir otro té,excusándose con buen humor por su distracción, y la conversación se centró denuevo en los aderezos egipcios. Antes de separarse, la anciana dama otorgó alos dos amigos un pasaporte verbal que les permitía entrar a lo grande en suresidencia de Portland Place.

—No es algo que podamos despreciar—comentó Adalbertcuando hubieron acompañado a las señoras hasta su carruaje—. Seguro que en sucasa uno conoce a mucha gente. Y eso puede resultar interesante. Mientrastanto, ¿qué vamos a hacer esta noche?



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