
—¡No sé nada en absoluto! ¿Ese periodista estárealmente enterado de algo referente a la muerte de Ferrals?
—Puedes estar seguro, pero me ha costado mucho quesoltara prenda. Aunque estaba como una cuba, se aferraba a su secreto como unperro a un hueso. Para hacerle hablar, le he prometido que le contaría todo loque lograra averiguar sobre el diamante, que, como es natural, es un tema quele interesa. Porque su periódico, al igual que los demás, continúa recibiendomontones de cartas anónimas, ahora llenas de amenazas: si no retiran la joya dela subasta, correrá la sangre.
—Eso también resulta interesante, pero...
Se interrumpió. La elegante vía pública que hacíaun momento estaba simplemente animada, se estaba convirtiendo en una especie demaremágnum. El centro del alboroto era un establecimiento cuya discreción ysevera decoración a la antigua, muy británicas, no lograban ocultar suopulencia. Se trataba de una de las joyerías más prestigiosas de Londres.
Se oyeron unos gritos, seguidos casi al instantede los pitidos de los silbatos de la policía. Por supuesto, todo el mundo seprecipitó en aquella dirección.
