
—Es en la tienda de Harrison, no cabe duda—declaró Morosini, que conocía bien el local por haberlo visitado variasveces—. Algo grave habrá pasado.
Los dos amigos se lanzaron hacia allí abriéndosepaso entre la multitud sin preocuparse de si pisaban un pie, rozaban un costadoo levantaban protestas, pero consiguieron su objetivo. Sin embargo, un fornidopolicía plantado ante la puerta del establecimiento les cerró el paso.
—Soy periodista —proclamó Adalbert blandiendo unpase de prensa cuya aparición sorprendió bastante a su compañero, que lemurmuró al oído:
—Recuérdame que te pregunte de dónde has sacadoesto.
No obstante, el pase, ya fuera auténtico o falso,no produjo el efecto deseado, porque el policía declaró:
—Lo siento, señor, no se puede entrar. Lasautoridades llegarán de un momento a otro.
—Puedo comprender que no deje pasar a la prensa—dijo Aldo con una sonrisa cautivadora—, pero yo soy amigo de George Harrison yestoy citado con él. Somos colegas y...
—Lo siento de veras, señor. Es imposible.
—Por lo menos permítame hablar con su secretaria,la señorita Price.
—No, señor, no verá a nadie mientras Scotland Yardno esté aquí.
—Díganos al menos qué ha ocurrido.
La expresión del agente se ensombreció como si lehubieran hecho una proposición indecente. Desde debajo del casco, levantó lamirada por encima de aquel caballero tan insistente y la posó con aireabstraído en el mar de cabezas que se agitaban en el otro extremo de la calle.
En ese momento, Morosini oyó que alguien susurrabaa su espalda:
—Yo sí que he visto algo, y como usted me ha dadoun valioso consejo al decirme que me acercara por la tienda de Harrisonalrededor de las once, se lo voy a contar.
Aldo se volvió y descubrió a Vidal-Pellicorne hablandoconfidencialmente con un hombrecillo tocado con un sombrero de fieltroempapado, al que identificó en seguida como el reportero del Evening Mail.
