
Este personaje conseguía la hazaña de combinar uncuerpo regordete con una cara alargada de podenco melancólico, y los cabellos,que llevaba bastante largos, «a lo artista», todavía acentuaban más su parecidocon el can. Lo único que Adalbert no había mencionado era su juventud, mientrasque Aldo siempre había pensado en él como en un veterano enganchado a la barrade los pubs.
—¿Y qué es lo que has visto, Bertram, amigo mío?—le preguntó el arqueólogo—. Tranquilo, éste es el príncipe Morosini, del queya te he hablado.
Los ojos castaños y vivos del periodistaaquilataron brevemente la noble figura del veneciano al tiempo que declamaba:
—«Piensa antes de hablar y sopesa antes deactuar.» —Levantó un dedo con ademán sentencioso antes de precisar—: Polonio,en Hamlet, acto I, escena III. Pero creo quepuedo arriesgarme.
—Ya te había advertido que la tercera parte de susdiscursos son citas del insigne Will —comentó Adal por lo bajo, y dirigiéndoseal reportero, añadió—: Repito la pregunta, ¿qué es lo que has visto?
—Vengan por aquí—dijo Bertram apartándolos haciaun lado, con gran satisfacción de los demás curiosos—. Cuando he llegado, habíados coches negros; uno era un digno Rolls-Royce, algo anticuado pero bienconservado, y el otro un gran Daimler, mucho más moderno y conducido por unchófer casi invisible. De pronto, he visto salir de la tienda a una anciana ladyvestida de luto riguroso y sostenida por una enfermera. La dama corría todo lodeprisa que le permitían sus frágiles piernas mientras profería unos grititossin sentido. Se la veía aterrada. La enfermera tenía la misma expresión, aunqueconservaba el dominio de sí misma. Esta mujer ha empujado prácticamente a supatrona al interior del Rolls sin siquiera dar tiempo al chófer de salir aabrirle la portezuela, y le ha gritado a éste que arrancara en seguida. El
