Con una expresión desolada, el duende se echóhacia atrás el gorro para rascarse los grises e hirsutos mechones que crecíandebajo.

—¡Qué mala suerte! De todos modos, tendría quehaber pensado en su descendencia. Desde donde está ahora, debe de ser uncastigo muy cruel contemplar cómo los hijos de la difunta Margaret, su pobrehermana loca, van trotando detrás de su ataúd para apoderarse de todos sus bienes.

—¿Su hermana estaba loca? —preguntó Morosini, queni siquiera sabía que sir Andrew tuviera un pariente tan cercano.

—No tanto como para encerrarla, pero poco lefaltaba. Había que estar bastante chiflada para encapricharse de un inglés, queencima era magistrado, cuando hubiera podido elegir un marido entre mediadocena de muchachotes de nuestra tierra. Fíjese usted en el resultado. EseDesmond Saint Albans, que será a partir de ahora el décimo conde de Killrenan,parece un bote de mantequilla. En su favor sólo puede decirse que tiene un buensastre. Sus hermanos se le parecen... en una versión más blanda. Su mujer,bueno, es más bien guapa, sólo que no es de aquí y eso se nota. ¡Mire cómo setuerce los tobillos al andar con esos tacones tan altos sobre las piedras delcamino! Es una flor de ciudad. Nunca ha vivido en el campo. ¡Ah, todo esto esmuy triste!

El veneciano contuvo una sonrisa: ¡el viejo teníabuena vista! Los bonitos tobillos de lady Mary, que las medias de seda negraafinaban aún más, corrían en efecto grandes peligros mientras su dueña se veíaobligada a realizar milagros de equilibrio a cada paso que daba. Se aferraba albrazo del «bote de mantequilla», que no disimulaba su fastidio por tener quesostenerla, cuando él habría preferido caminar solo detrás del cadáver, comocorrespondía a su nuevo rango.

Para Aldo había sido una sorpresa descubrir queesta pareja eran los herederos. Desde luego, sabía por la propia lady Mary queestaba casada con uno de los sobrinos de sir Andrew, pero ella jamás le habíainsinuado siquiera que su marido era uno de los que más derecho tenía allegado. Entonces, ¿era a ellos dos a quienes tenía que dar el pésame? Resultabauna perspectiva muy poco agradable, pero no podía soslayarla.



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